jueves, 21 de noviembre de 2013

Cueva de Solín

participantes: Araceli y David
climatología: tiempo fresco

Pasada la población de Las Casicas, aparcamos el coche junto a unos campos de almendros, donde nos cambiamos soportando un viento frío. Y continuamos a pie por la pista que más adelante se volvía dificultosa para vehículos normales.

Al frente tenemos los farallones calizos repletos de oquedades que son nuestro objetivo, en concreto  los de la izquierda.
Y hacia la izquierda se abre un desvío, señalizado con flechas y omegas azules, que simbolizan una cueva. Descendemos por ahí hasta el fondo de la rambla y ascendemos de nuevo siguiendo caminillos serpenteantes entre los bancales. Los caminos están muy marcados, y es que es una cueva muy visitada.
Llegamos a la primera a la boca de la cueva, que sin ser un pozo, se encuentra más bien apaisada a pocos metros de la pared de farallones.

Vamos gateando los primeros tramos por un laminador polvoriento, y a medio camino decidimos desprendernos de algo de ropa, ya que la cueva tiene una temperatura agradable.
Nuestra intención es dirigirnos primeramente hacia la zona de la Gran Sala, dejando para el final la zona nueva. Pero tras probar algunas rendijas sin ver conexiones claras, decidimos continuar ascendiendo por la galería de bloques que llevábamos y tirar directamente hacia la otra zona.

Alcanzamos un túnel más amplio y despejado en el que se abre una llamativa -por pisada- gatera a la derecha. Entre las rocas hay un paquete de clinex que debió perder alguien. Lo recojo y lo coloco sobre una roca a modo de señalizador, y continuamos de frente.
El túnel se estrecha en cierto punto donde asciende y luego vuelve a ampliarse hasta llegar a una sala donde el camino obvio se interrumpe. A la derecha hay un pasaje con un cordel. Tiramos por ahí, y afloramos a un nuevo espacio amplio... que resulta ser uno de los extremos del túnel del paquete de clínex donde acabábamos de estar.

Regresamos de nuevo por el camino más cómodo a la sala interrumpida y vamos probando más agujeros en la parte izquierda. El primero se desfonda por un pozo y lo descartamos.
El segundo, también descendente, se ve bastante "pisado", y por ahí nos deslizamos, dejando atrás la zona seca de la cueva y pasando al nivel húmedo.
Nos escurrimos hasta una sala con un desfondamiento que rodeamos con cuidado y continuamos por el otro lado, ahora ascendiendo.
Más adelante encontraremos una cuerda para hacer más segura la subida de una rampa de unos 4 metros.
Y llegamos a la gatera de la "sonrisa vertical", arrimada a la izquierda del túnel, que no es más que una diaclasa a 45 grados. No tiene ninguna complicación ni es excesivamente estrecha.

Tras este paso descendemos a la Sala de los Cristales, un triplete de pequeñas salas bajas con cupulillas repletas de macarrones, y excéntricas de pequeño tamaño [2]. Se notan aquí algunos quemazones de carbureras.
A mano izquierda tomamos un pasaje que desciende hasta otro túnel, el cual hacia la izquierda se ciega, y hacia la derecha prosigue.
En cierto punto aparece un ramal superior, una gaterilla elevada algo más de un metro del suelo en la que hay señales de tránsito. La descartamos y seguimos por la parte de abajo, por el túnel que se va laminando.
En cierto punto se abre un pozo a la izquierda, lo bordeamos y nos escurrimos por una estrechez a la derecha. Por aquí empieza el llamado paso de las tortugas.
Es un laminador de una decena de metros, cuyo suelo está formado por caparazones de tortugas de barro, lo cual lo hace un poco incómodo, aunque no tanto como si fueran de roca.
Al final de este paso nos espera una rampa empinada con unos 3 metros de cuerda montada alrededor de una columna en su tramo superior.
Y arriba se halla la parte más bonita de la cueva, el sector Atlántida.
Por el pasaje de la derecha hay un bosque mágico de excéntricas, sierras, columnas, estalactitas, estalagmitas, y cambios de coloración en las paredes [3] [4]. Uno de los ramales desciende hasta un lago. El otro, tras una ruta circular a través de salas más grandes, nos lleva de vuelta a la rampa de la cuerda.

Regresábamos ya con intención de marcharnos, pero al llegar a la altura del paquete de clinex, decidimos meternos un momento por la llamativa gatera que se abría a un lado, simplemente por no quedarnos con la duda.
La gatera conduce a una cavernilla que aparentemente no tiene continuación, y mismamente por no quedarnos con la duda se la buscamos: hay que trepar [5] hasta lo alto de una repisa y desde ella descender por un embudo. Seguimos por un pasadizo bajo hacia una de las direcciones posibles y llegamos a otra sala amplia, con un ventanuco que se asoma a una rampa con bastantes formaciones.
Para evitar la rampa nos escurrimos hacia la izquierda por un apurado pasaje colmatado de formaciones [6], y llegamos así a la base de la rampa, que luego ascendemos para continuar hasta el final de aquel pasillo.

Poco antes del final, se abre a la izquierda una gaterilla que asciende hasta aflorar [7] a la sala más grande de la cueva. Una caverna circular en cuyo centro se levanta una montañita de bloques desprendidos y en lo alto de la cual descansan un par de murciélagos.
Rodeando estos bloques hay un pasaje que desciende por un pozillo hasta un pasadizo inferior. No obstante, preferí no continuar por esa zona que se veía un tanto inestable. Es por allí donde se dice que encontraron unos huesos de lince, y por tanto se especula sobre la existencia de una antigua entrada a través de aquel sector.

Regresamos para salir ya sí, dudosos del tiempo que habría transcurrido y con dudas sobre si nos esperaría luz u oscuridad. Gran alegría nos llevamos al ver rayos de luz cálida, y es que fueron sólo 4 horas las que habíamos estado dentro.

Si al entrar nos había recibido un escarabajo [1], a la salida nos despidió una salamanquesa de la misma especie que otra que habíamos encontrado en el fondo de la sima de la Higuera, que también realizamos en este viaje, con la diferencia de que aquella estaba hecha polvo y ésta bastante saludable.

1. Un habitante de la cueva
2. Paso entre cupulillas en la Sala de los Cristales
3. Sala de las excéntricas
4. Una hoja de espada
5. trepando hacia la repisa superior
6. despensa con amplio surtido de embutidos
7. Aflorando a la Gran Sala por la gaterilla

Sima de la Higuera

Participantes: José Manuel, Miguel y David
Climatología: despejado y frío.

Tras recoger las llaves de la jaula que cubre la boca de la sima en un bar del pueblo, tomamos por la carretera de Alhama hasta un desvío por un caminillo que en general está en buen estado, aunque hay que avanzar con cuidado en los tramos de más pendiente, donde se han formado pequeños surcos de escorrentías.

Desde donde aparcamos el coche se distingue claramente una pista de senderismo, que no es la que hay que tomar, sino otra más disimulada que asciende hasta los pocos metros que quedan hasta lo alto del monte para luego descender por la ladera contraria, avanzando hacia el cementerio de Pliego [1].

Abrimos la puerta de la jaula con la llave, y una vez instalada la cabecera del pozo [2], nos encerramos dentro, para que nadie pueda escapar [3]. Desde el interior nos llegan bocanadas de aire caliente, muy de agradecer para aliviar el frío que sopla en el exterior.

El primer tramo del pozo está acompañado por las raíces de la higuera [4] [5], que como cuerdas naturales, caen en paralelo hacia las profundidades.
Tras varios fraccionamientos donde descendemos haciendo pie en las paredes y un tramo final volado donde las raíces de la higuera ya han desaparecido, llegamos a un corto tramo intermedio horizontal en rampa que comunica con el pozo final, con un desviador en la propia cabecera [6] y un segundo unos metros más abajo [7].
Este último pozo discurre por una estrecha diaclasa, en la que en cualquier momento podemos empotrarnos o encontrar apoyos para la posterior escalada.
Tras este pozo sólo nos queda descender una rampa.

Una vez abajo nos quitamos los aparatos y algo de ropa, ya que la cueva tiene una temperatura templada.
El recorrido está balizado, no tiene pérdida.
Avanzamos primeramente por un riachuelo [8], dejándolo más adelante por un pasaje que se estrecha y asciende.
Superamos un boquete en lo alto, hasta un pasaje de mayores dimensiones,  sólo para, unos metros más adelante, volver a introducirnos por una estrecha rendija que desemboca en lo alto de un meandro.
Vamos saliendo con las piernas por delante pataleando en el aire [9] hasta tocar un apoyo, sacar el cuerpo y descender.

Poco más adelante en un tramo donde las formas de precipitación que tapizan las paredes se asemejan a percebes [10], nos escurrimos por una rendija inferior hacia la izquierda, y resbalamos hasta la orilla de lago [11].

El lago se puede atravesar sin sumergirte demasiado empotrándote contra las paredes e isletas laterales. Pasada la primera zona, las demás son más estrechas y no hay ni que tocar el agua.

Antes de un repentino giro del recorrrido balizado hacia la derecha, podemos observar un curioso techo que alguien calificó de tripas de vaca [12].

El recorrido va descendiendo, con algún pozillo de agua de por medio más [16], y de pronto el suelo se torna blanquecino, polvillo de yeso acumulado [13].
Las paredes y techo se abomban, formando calabazas, globos hinchados, cerebros o culos [13]. Estamos entrando en la zona más característica de esta sima, con sus estalagmitas escamadas, huevos de alien, alcachofas y alfiles-obispos [14] [15].

Regresamos al otro lado del lago, donde habíamos dejado las sacas (aunque la verdad es que no merecía la pena traerlas hasta aquí, se podían haber quedado en la misma sala de aterrizaje de los pozos, junto con el resto del material), y como era aún muy pronto, nos quedamos un rato de cháchara en la orilla.

1. descendiendo hacia Pliego

2. cabecera de la sima

3. dentro de la jaula

4. las raíces de la higuera

5.

6. cabecera del pozo final

7. desviador

8. ventanuco en el río

9. aflorando al meandro con los pies por delante

10. percebes

11. el lago nítido

12. tripas de vaca en los techos

13. comienzan los bolondrios

14. caminando entre huevos de alien

15. los obispos

16. pequeña poza de agua