martes, 15 de octubre de 2013

Torca Fría-Cueva del Lobo

Climatología: Soleado
Participantes: Miguel y David (Espéleo-Romeros) y Diego y Carlos (Espéleo-Pipis)

Ya nos habían dicho que otro grupo de Madrid iba a hacer la travesía el mismo día, por lo que no nos sorprendió, mientras nos cambiábamos en una curva de la carretera (1), ver aparecer otro coche con dos espeleólogos del GEGET, a los que se uniría poco después otro de Miranda: Mario, Rubén y Diego.

Cruzamos la carretera y ascendemos por el camino que se dirije hacia las cuevas. Enseguida hay que tomar un desvío ancho a la derecha, que parece que se aleja de los farallones de Peña Llusa, pero que más adelante se reconducirá para discurrir en paralelo a ella.
Llegamos a un pilón donde termina la pista de tierra que traemos, aunque continúa aún tapizada de verde hasta un mirador con buenas vistas sobre gran parte de la ruta de los Collados del Asón, el Mortillano, los Mazos... y el mar.

Es el momento de introducirnos en un bonito hayedo que bordea la peña, y ganando altura alcanzamos la brecha llamada Las Escalerucas, por la que trepamos a la plataforma superior,  prados pelados. Proseguimos por ahí en dirección contraria a la que traíamos y al poco divisamos la entrada a la Torca, una grieta en un farallón superior (2). Más de una hora hemos tardado.

Nos detenemos unos metros antes para evitar la umbría, y al rico solecito preparamos el equipo, y en esto llegan los del GEGET, con los que al final terminaríamos haciendo la travesía de forma conjunta.
Vamos subiendo a la grieta, destrepamos un resalte, y nos encontramos ante el primer pozo, montado. Hay que aproximarse con cuidado ya que hay mucha piedra suelta.

La primera cuerda aterriza en una repisa que engancha con un corto pasamanos con el siguiente tramo de pozo, que llega a otro balcón donde según vamos llegando corremos a refugiarnos bajo una rendija, pues hasta aquí caen los pedrolos que puedan tirar los que van bajando.
En medio del siguiente pozo nos encontramos un nevero, y poco más abajo una comba  que conecta con un apurado ventanuco, que es la antesala de la temida gatera vertical.
Subimos sólo una saca con una cuerda, y con ella izamos el resto de las sacas para subir más cómodamente.
En la parte superior  hay un peñacho de roca suelto, que dudamos si tirar, y al final se quedó tal cual.
Desde este alto, descendemos un poco por otra cuerda en comba hasta el comienzo del meandro llamado La Carpeta verde.
El nombre de Torca Fría no es gratuíto, no obstante lo cual, nosotros no hemos sufrido de las derivaciones de su toponimia. Hemos tenido suerte, ya que no había corriente de aire significativa, y quizá por eso, no notamos especial frío.

El meandro al comienzo es amplio y cómodo, más adelante se estrecha, y en cierto  punto nos las vimos de mala manera hasta que directamente no pudimos continuar, y es que nos habíamos ido demasiado abajo. Reculamos y ganamos algo más de altura, cada cual por donde pudo, hasta alcanzar las zonas superiores más amplias.
Más adelante nos empotramos para descender un resalte hacia un ensanche encharcado (3), tras el cual el meandro se vuelve a estrechar, teniendo que buscar el hueco o doblar el cuerpo (4).

En cierto momento aparece otro gran escalón, que se puede salvar por una cuerda montada a mano derecha, o descendiendo de frente por una zona acanalada.

En otro punto alcanzamos una sala con un hueco arriba a la derecha, y una continuación a mano izquierda, montada con una sucesión de cuerdas, por la que seguimos. Tras alcanzar el primer "fraccionamiento" descubrimos la precariedad -o ecologismo- con la que están fijadas las cuerdas que ayudan a salvar la serie de repisas que se suceden, aprovechando salientes, anillas naturales o incluso grietas, con lo que debemos tomarlas como quitamiedos, no como pasamanos.
Tras el último agujero que salvan estas cuerdas, destacan las paredes tatuadas con fósiles y algunas de las escasas formaciones que encontraremos, bastorras, colgando del techo (5).

Más pasos con cuerdas, y el yeso aflora cada vez de manera más significativa, creando curiosos suelos de polvo blanco y paredes igualmente blanqueadas donde resalta más la negrura de la roca (6, 7 y 9). Ocasionalmente también pueden observarse pequeñas cristalizaciones (10).
Los meandros zigzagean sin parar, a veces con curiosos cambios de dirección cercanos a los 180 grados. Y no parecen terminarse nunca, no sabemos muy bien en qué punto del mapa nos encontramos.
En una zona especialmente blanqueada por el yeso, el meandro parece terminar en una salita circular muy alta tras una corta trepada. Antes de ese ascenso hay que buscar un hueco entre las rocas de la izquierda y dejarse caer hasta un tramo inferior paralelo del meandro que continúa en dirección contraria.
Poco más adelante en una zona alta y estrecha, nos topamos con una cuerda con nudos que asciende por la pared derecha. Decidimos descartarla, y seguimos hacia adelante.

Más descensos con cuerdas, un pasamanos algo aéreo con cuerdas combadas a menor altura de ayuda para poner los pies (11), y más especulaciones sobre si estaremos ya cerca de la Sala del Carbón cada vez que vemos una roca más negra que las demás. El meandro se está haciendo muy cansino, es interminable.
En un par de ocasiones al menos, el meandro principal es interrumpido por un corte, como si una falla hubiera separado la tierra en dos, para proseguir con normalidad al otro lado.
En cierto punto paramos a comer, con menús diversos.

Al poco de retomar la marcha, algo fríos, estamos discurriendo ya por un túnel que -por fín- podríamos dejar de denominar meandro. Tras un trecho, alcanzamos una gran sala, con varios reflectantes a mano izquierda. De frente asciende una rampa... pero no es por ahí.
Hay que girar siguiendo la pared a mano izquierda y buscar un hueco para destrepar.
Atravesamos un tramo donde la sección del túnel se estrecha y del techo descuelgan unas pequeñas estalactitas adornadas con formas de precipitación orientadas por las corrientes de aire, lo cual me recuerda a las galerías de las Sierras de Cayuela... aunque en miniatura y de acabado más basto (12).
De seguido saltaremos por encima de una grieta, desde la repisa izquierda a la derecha, asegurados a una cuerda (13), y más adelante el avance se ve impedido por un resalte. Deberemos escurrirnos por una grieta a mano derecha para trepar a lo alto del resalte.
Desde arriba podemos continuar, la galería se estrecha y va girando a la izquierda hasta llegar a discurrir en dirección contraria a la que llevábamos.
Cuando podemos volver a ponernos de pié, estamos en una zona un tanto confusa. Nos limitamos a seguir flechas, reflectantes o plásticos. Y estos nos invitan a subir a la derecha para luego bajar e introducirnos por una arrastradera.

Al poco de comenzar esta gatera, a mano derecha se abre el acceso a un profundo meandro asegurado con un largo pasamanos.
Si continuamos recto por esta gatera, siguiendo la corriente de aire, afloraremos en una salilla en la que ponernos en pie, y observaremos una flecha que nos indica que nos metamos de nuevo pa'dentro. Y es que existen dos caminos distintos para llegar a esta gatera larga.
Bien, sin hacer esto, y bajando desde la gatera al pasamanos largo, lo recorremos, y llegados al final, seguimos de frente. Los dos que iban delante descendieron la cuerda que hay en la cabecera... para luego tener que volver a subir.
Siguiendo de frente desde el final del pasamanos, nos escurrimos por una gatera hacia arriba por la que tira aire, y luego hacia la derecha y un poco hacia atrás, simplemente para rodear y trepar más fácilmente el taponamiento que se nos interpone y seguir en la misma dirección que llevábamos originalmente, ahora ascendiendo por una gran galería. Al alcanzar la cumbrera de la rampa tenemos a nuestros pies un enorme caldero de encachado suelto que es la Sala de la Cabra, la sala más grande hasta ahora.

Un reflectante abajo nos marca la continuación, y al pasar junto a él, observamos unos huesos que podrían pertenecer a la cabra que dió nombre al lugar. Diego 2, que había entrado hasta aquí en otra ocasión, al encontrarse en zona conocida, puso el turbo y la salida se dibujó rápidamente (en distancia psicológica). Básicamente seguir la dirección que llevábamos por grandes galerías, y girar a la izquierda y hacia arriba en cierto momento en el que la cercanía del exterior se evidencia por la presencia de hojas. La salida en sí es un pasaje pequeño con una alfombra de hojas en el suelo.

Tras traspasar la boca, el frontal ilumina unas extrañas formaciones que son grandes hayas en la noche. Saltamos al lecho del bosque y nos deslizamos ladera abajo hasta alcanzar la carretera.

Tardamos unas 8 horas y cuarto.

1. Peña Llusa desde la curva donde aparcamos

2.Grieta que delata el lugar de la torca

3. Destrepe por los meandros

4. Procediendo a hacer la lagartija

5. La campanilla de la garganta de la cueva

6. Qué blanco empieza a estar esto

7. Menudo alijo de coca...

8. Rocas echando un pulso

9. Tenebroso pasaje

10. Cristales de yeso

11. Pasamanos expuesto

12. Estalactitas con las melenas al viento

13. ¡Ale hop!