lunes, 12 de diciembre de 2011

Cueva del Tesoro

Climatología: nuboso
Participantes: Luís, Alfonso, Enrique, Kike y David
Aparcamos junto a las ruinas de un cortijo, y proseguimos a pie un trecho de camino, para abandonarlo tras una fuerte curva.

Al poco, localizamos una serie de agujeros que seguían la línea de una pequeña depresión en el lugar donde debería andar la cueva del Tesoro, y aquello nos hizo perder bastante tiempo buscando la entrada accesible, barajando que estuviésemos en la simas del meandro de la citada cueva.
Dispersándonos en varias ocasiones para buscar en otras direcciones, finalmente nos reagrupamos donde Luís y Enrique habían encontrado varias cavidades con placas, en un barranco, y allí apareció la entrada correcta.
Descendemos hacia el barranco intermitentemente cubierto, y luego bajo el techado por una repisa muy marcada y pisada, y llegamos a un destrepe donde comienza claramente El Meandro.
Sus paredes bien definidas, tapizadas de cristalizaciones de yeso, delimitan un ajustado pasillo que no cesa de retorcerse a derecha e izquierda, como un intestino, iluminado cada tanto por una sima abierta en lo alto.
En cierto punto hay un corto pasamanos, meramente de seguridad, algunos charcos, y más adelante una cuerda con nudos y estribos.
Tras destrepar unos 7 metros, divididos en tres niveles, ayudados por esa cuerda montada, alcanzamos una sala más ancha sembrada de formaciones de lapiaz, entre el cual se excava un estrecho pasillo descendente que es la continuación del meandro, configurándose una sección en forma de "T".
Descendiendo por este caminillo, pronto aparece una "rotondilla" en forma con una "Y", donde se le une otro meandro ascendente desde la derecha y hacia atrás. Esa vía comunicaba de nuevo con el punto de aterrizaje de la cuerda.

Retomando por el principal, más adelante, había de nuevo la posibilidad de deslizarse hacia la derecha y hacia atrás, conformándose, tras salvar unas lajas horizontales, un pasillo más amplio en el que aparecieron los primeros cristales grandes de yeso. Al final de ese túnel, a la derecha, había un destrepe que comunicaba con la zona ya vista del ramal entre la "Y" y el aterrizaje de la cuerda.

Regresamos hacia atrás para proseguir por el meandro principal, que adquirió más pendiente hasta precipitarse sobre un agujero lleno de agua: lo que cualquier persona entiende por un pozo.
Estábamos desorientados al no poder ubicar el punto de bajada de la cuerda desde el meandro superior con seguridad. Sólo cuando hallamos la Sima Principal pudimos orientarnos con seguridad y ya fuimos derechos hacia la zona que buscábamos, atravesando el meandro principal inferior por arriba para alcanzar la continuación de la galería de cristales que habíamos encontrado primeramente (y que era la galería de los cuchillos).
Desde el otro lado, a la derecha la "galería de los cristales", y hacia la izquierda, destrepando, la "galería de los espejos".
La primera contenía cristales más grandes, pero en general nos gustó más la segunda: una zona de túneles completamente tapizados de cristales de tamaño medio.
Regresamos a la sima principal, y junto a la luz del exterior comemos algo. También aprovechamos para ponernos los arneses pues los vamos a necesitar enseguida.
 

La continuación es de nuevo por un estrecho meandro descendente en el que en cierto punto hay que realizar un destrepe de unos 3 metros. Inmediatamente después, a la vuelta de un recodo, aparece otro pozo de unos 10 metros, instalado para recuperar.
Montamos la cuerda de 25 que llevábamos, y la recuperamos previa consulta popular, ya que los que habían bajado primero aún no habían encontrado la salida.
Pero apareció enseguida. Desde donde habíamos aterrizado descendimos hacia la izquierda, virando en sentido antihorario para introducirnos por un hueco hasta quedar por debajo de los grandes bloques. Salvados estos, avanzamos por encima de otros mientras la luz del exterior ya se distinguía cerca.

Salimos en medio de un barranco de grandes bloques, con un paredón a nuestras espaldas y una curva de la autopista sobrevolando el valle.
El regreso lo hicimos por un caminillo hacia la derecha, ascendiendo en cada ocasión que podíamos, hasta que lo abandonamos para subir en zigzag a la primera brecha que vimos entre aquel frente de paredes verticales.
Una vez en lo alto, cerca se encontraba la continuación del camino que pasaba por el cortijo y que habíamos abandonado mucho antes por la mañana.
Mientras regresábamos empezó a oscurecer. Al poco de desaparecer el sol, emergía una luna llena que parecía un OVNI, semioculto parte de su perímetro por franjas de nubes mimetizadas con el cielo del horizonte. No sonaba aire ni ruído alguno, uno de los pocos momentos en los que eres consciente del silencio absoluto, porque sólo oyes tus propios ruídos.

Tenemos que agradecer al Espéleoclub de Almería la información y la gestión de los permisos para la visita.

domingo, 16 de octubre de 2011

Sol Viejo-Rayo de Sol

Participantes: Miguel, Jose Manuel, Kike, Luís, Alfonso, Jose Luís y David
Climatología: soleado, tiempo más veraniego que otoñal.

¡No quiero excusas!
Tras llegar hasta donde pudimos por la pista que parte de la carretera entre Secadura y Solórzano, aparcamos los coches y continuamos a pie por el camino continuación de la ruta que llevábamos. Al poco, tras salvar un par de cercas, nos zambullimos en una de las frondosas plantaciones de eucaliptos que abundan por la zona.
En el bosque se desdibujaba unos instantes el camino pero reaparecía de nuevo marcado más abajo, y entre eucaliptos llegamos hasta la cabaña de piedra que nos serviría de referencia para encontrar las dos bocas de la travesía.
El problema es que los que habían estado aquí hacía una década recordaban el entorno de una forma bien distinta. Para empezar no había eucaliptos, ni tan enrevesada vegetación en las vaguadas.
Para encontrar Rayo de Sol descendimos por una sombría selva habitada por grandes arañas con sus telas tendidas entre los árboles, y no estaba de más ir con un palo por delante abriendo camino si no querías acabar con un ejemplar correteando por tu cara.
Tras localizar Miguel la boca, al costado de un barranco seco, comprobamos que el pasamanos de la estrecha diaclasa de salida estaba montado, y supusimos que los pozos interiores lo estarían de igual forma, así que, sin más, marchamos a buscar la otra cueva, la de Sol Viejo, que al final hallamos siguiendo una senda que se internaba en una mancha de vegetación impenetrable. La boca se abría poco antes de que la maraña se disipase en un prado despejado.

Tras una corta bajada desde la boca, el túnel se precipita sobre una gran sala. La visibilidad a larga distancia es muy buena, y llama la atención la escasez de humedad y partículas enturbiando en el aire en comparación con otras cuevas.
Entramos algo tarde y, tras descender el primer pozo para aterrizar en el fondo de la gran sala de entrada, decidimos hacer una visita mucho más rápida de lo que estaba previsto a la zona llamada "El viaje rápido".

un plástico evita el roce de la cuerda en un saliente del primer pozo
Algunos se quedaron esperando allí mismo mientras otros fuimos para allá por el corredor que ascendía a mano izquierda, con una cuerda montada de ayuda para salvar un primer desnivel.

Por aquel ramal no tardaron en hacer acto de presencia llamativas formaciones, grandes columnas y bordes estalactitados brillantes. Pasada la llamada "Sala de la Neurona" llama la atención un largo bloque que atraviesa el corredor de un extremo a otro, cual viga sujetando el techo, y con una notable fractura en el centro que sugería que aquella estructura podría ceder en cualquier momento.

conviene que alguien se quede sujetando esto mientras los demás salen de la cueva...
Desde ahí, Jose y yo destrepamos por un agujero a la izquierda, y Miguel y Alfonso fueron a husmear por la derecha.

Tras unos destrepes alcanzamos un corredor con un cómodo firme que permitía avanzar por él a gran velocidad, lo que se me figuró una buena justificación para el nombre de la zona, "Viaje Rápido". Alcanzamos una especie de foso, donde había que realizar una corta trepada para continuar, y ahí nos dimos la vuelta, retrocediendo hasta una zona previa con formaciones donde habíamos anotado para luego un bonito pasaje lateral que comunicaría con otro ramal paralelo, que a su vez nos llevaría hasta una sala con grandes columnas. Destacar de esta zona la proliferación de fragmentos de paramento que se han desprendido, conservando las formaciones que tenían, y que ahora tienen un ángulo diferente de la vertical. Algunos de estos trozos se han fundido con formaciones que han crecido posteriormente en la dirección usual que la gravedad dicta.

bloques de formaciones desprendidos y revirados de su posición original
Cuando regresamos a la zona de la viga a punto de partir Alfonso nos informó que Miguel había venido detrás, y sin duda nos habíamos cruzado sin vernos al introducirnos por el ramal paralelo.

Una vez reunido todo el grupo de nuevo, continuamos la travesía ascendiendo desde la gran sala de entrada hacia la parte derecha, por una rampa y ayudados por otra de las muchas cuerdas montadas que encontraremos en la cueva para evitar resbalones.

curioso conjunto cuevitectónico en lo alto de la primera subida desde la gran sala de entrada ya en la dirección de la travesía.
Arriba más bellas formaciones, y en seguida descendemos de nuevo, hasta el borde de un pozo de unos 25 metros (así a ojo) que comienza con la cuerda rozando en roca pulida, y termina volando para aterrizar junto a un pequeño charco.

un gran cabezón pétreo junto a la suave rampa de bajada a la cabecera del pozo
Tras haber bajado, hay que volver a subir por una ladera, "a la sombra" de un pepinaco de bloque que vuela ingrávidamente. Nos ayudamos en un tramo por una cuerda montada, y al llegar a lo alto de la loma... a descender de nuevo por la ladera opuesta, también con cuerdas montadas.

descendiendo por la ladera del otro lado
Hasta ahora nos hemos movido por grandes espacios de altos techos, y ahora toca abandonarlos para pasar por debajo de la gran sala de entrada: mirando hacia el sur, un agujero a la derecha nos lleva a un meandro por el que inicialmente se camina muy cómodamente. Tras salvar un pequeño desfondamiento, bajando y subiendo, la sección del túnel se empieza inclinar y a estrechar por la base, teniendo que salvar algunos tramos mediosentados-medioempotrados a media altura.
el meandro en su tramo final no es tan cómodo como lo era al principio, aunque algún profano deduzca lo contrario al observar que los espeleólogos avanzan sentados
Con algunos pasamanos de seguridad puntuales y algún pequeño pozo montado, vamos descendiendo hasta que el meandro nos escupe en la Sala del Campamento, gran espacio del que parten varios ramales con formaciones.

Aquí hacemos una pausa para reagruparnos, beber y comer.

conjunto en uno de los ramales de la Sala del Campamento
La continuación de la travesía se halla junto al punto de aterrizaje por donde llegamos desde los meandros: un pozillo instalado de unos 4 metros y su continuación descendente por una rampa que nos lleva a un nivel inferior.

Mientras bajaba más gente, me fuí a echar un vistazo en dirección contraria a la que tendríamos que tomar, hacia el norte del túnel. El suelo barroso sólido y cuarteado hacía pensar que aquel túnel quizá se encharcase en otras épocas. Iba yo silbando una melodía y al poco, al alcanzar una cámara, si bien no con mucha superficie sí con gran altura, que se abría a la izquierda atravesando un paso bajo, noté con placer como mis notas reverberaban añadiendo un precioso color a la música.
Regresé rápidamente con los demás y continuamos hacia el sur, por túneles pequeños, meandrosos, que empezaban a laminarse, hasta volverse un pelín incómodos sólo en tramos puntuales.

algunos aprovechan que hay que tumbarse en los laminadores para echar un sueñecito
Por aquellos corredores alcanzamos al fín el P23, que no era sino una profunda diaclasa inclinada, un largo tajo.
Al encontrarnos aquel pozo sin montar, cuando esperábamos lo contrario, empezó a cundir la paranoia de que quizá los de salida tampoco estuviesen montados, con la consiguiente especulación de cuántas horas tendríamos que aguardar ahí abajo hasta que apareciera alguien a echarnos una cuerda.

tiro de cuerda de la diaclasa inclinada
Montamos y descendimos algo incómodamente por la inclinada fractura tratando de no encajarnos en las brechas. Fuera del recuenco de aterrizaje, que brindaba algo de amplitud, la diaclasa dejaba un estrecho paso por el que había que seguir en dirección suroeste. Al poco, una trepada incómoda, debido a la propia estrechez de la sección del túnel, y más adelante un corredor ya más amplio.

Subiendo un poco hacia la derecha antes de un desfondamiento llegamos, con alivio, a la pequeña salita hacia la que caía la cuerda de salida.

Ya sólo quedaba ascender aquel pozo, montado con desviador, atravesar un laminador pedregoso jode-rodillas, subir otro pequeño pozo, y salir por la corta y estrecha diaclasa que conectaba directamente con el exterior, saludando a alguna araña que rondaba por ahí a escasa distancia.

ya no queda casi nada para llegar al exterior
La salida es una grieta ajustada por la que hay que gusanear ligeramente hacia arriba. Pero teniendo "la calle" ya delante de las narices, se lleva mejor ese último esfuerzo.
Saliendo por la estrecha boca de Rayo de Sol

domingo, 17 de julio de 2011

Valporquero

Climatología: soleado
Participantes: Miguel, Jose Luís, Kike, Marta, Jose Manuel y David (Espéleo-romeros); y Diego, Bea, Carlos y Pilo (Espéleo-Leganés).

Nos dividimos en dos grupos, uno mayoritario que entraría por el Sil de las Perlas, y otro cuadrúpedo formado por Kike y Jose Manuel que entraría por la boca de la cueva turística, identificándose previamente como espeléologos titulados.

Ambos nos encontramos en la galería del río, donde la carburera de Diego pegó un espectacular petardazo. Afortunadamente las llamas no dañaron a nadie.

La progresión por el río fue lo mejor de la travesía, entre pasamanos, descensos, toboganes y algún salto con inmersión opcional.

El "paso de la M" estaba bajo de agua, y por ahí salimos sin problemas al exterior, gracias a las escalas montadas.

Ya en el exterior, descendiendo la primera cascada del barranco, pudimos haber sufrido un accidente debido  al roce de la cuerda con el borde del voladizo. Sólo el último en descender, Pilo, se percató del corte en la funda.
(La lente de la cámara estaba algo empañada por la humedad)

domingo, 26 de junio de 2011

Tonio-Cañuela

Participantes: Miguel y David (Espéleo-romeros) y Diego y Beatriz (Club Espeleológico de Leganés)
Climatología: Sol y calor.

Diego y Bea nos invitaron a cenar el viernes en su casa de Arredondo y se nos hizo un tanto tarde con las copas de después, pero a las 9 del día siguiente estábamos listos para salir hacia la cueva.
Dejamos uno de los vehículos abajo, a los pies de la ladera del valle de Bustablado a la que vierte la gran boca triangular de Cañuela, y con el otro subimos por la empinada carretera que conduce al punto de aproximación, con la suerte de no cruzarnos con nadie, ya que en esos casos su estrechez supone un problema.
Al alcanzar el lugar fijado para aparcar nos encontramos una máquina abriendo una nueva pista en la montaña.
Tras vestirnos de espeléologos, empezamos a ascender por el corto tramo de pista desbrozada y luego continuamos por los prados, entre vacas y agujeros por doquier.

La boca de Tonio es un pequeño agujerito prácticamente oculto entre la vegetación al borde de la caída de una gran dolina al pie de las cabañas de Buzulucueva.
Miguel iría instalando y Diego desinstalando. Es una travesía sin marcha atrás.

Tras aterrizar al fondo del primer pozo alcanzamos una sala seca, acojedor refugio de moscas y mosquitos, que a su vez son el banquete de una horda de arañas -cuyos adultos alcanzan gran tamaño- que se mueven vivazmente por la paredes obligándote a cuidarte mucho de dónde tocas.
Tras bajar el siguiente pozo desaparece todo signo de vida en sus empapadas paredes.
Otro pozo más y llegamos al gran pozo de 48 metros, un espacio de mayores dimensiones que las secciones anteriores y tapizado por colonias de líquenes amarillos. A cierta altura, antes de llegar al fondo, te topas con un pasamanos para remolcarte hacia una repisa a mano izquierda.
Desde esa repisa hay que realizar una pequeña trepada y posterior bajadita, y ante nosotros se abre la temida diaclasa o "gatera vertical"... o "paso del egipcio".
Primeramente debemos avanzar hacia adelante, mejor sin anclarse en este tramo. Aunque haya instalado una especie de pasamanos, en la medida de que el pozo-diaclasa ya de por sí es estrecho y además se va estrechando hacia abajo, es imposible caer.
Al final del pasamanos (pero aún dentro de la estrecha diaclasa), se encuentra instalada una cuerda que desciende, y ahí nos colocamos el descensor, mejor sobre el cabo largo, y ya por ahí bajamos por el apurado espacio que tenemos. Desde arriba da la sensación de que no vamos a poder pasar por ahí, y hasta para girar la cabeza y poder echar un vistazo o cambiar de dirección vamos a encontrar dificultades si no tenemos el casco a la altura de algún ligero ensanche.
Habiendo bajado todos con las sacas, continuamos por una rampa instalada con una cuerda en un estado pésimo. Diego deja hecho un nudo en una zona cercana a la cabecera donde el rozamiento con la roca tenía la cuerda prácticamente cortada.
La rampa se desfonda hacia el pozo por donde a tantos se les ha caído la saca por lanzarla desde la zona de la diaclasa para bajar cómodamente sin ella, pero antes de desfondarnos nosotros, ascendemos por una cuerda de nudos.
Arriba nos encontramos un paso aéreo en comba, un pasamanos y cortos descensos hasta dejar atrás esta zona de pequeños espacios que estaba equipada con cuerdas fijas, terminando en una apurada cornisa al borde del P55, donde el espacio vuelve a agrandarse . Toca seguir con el loco-loco, lo-quito, loco-loco, lo-quito...

Este pozo de 55 es bastante divertido de bajar, al igual que el P20 cercano al final de la sucesión de descensos. 
Tras el P22, el último de los pozos que podríamos considerar propiamente de Tonio, hacemos un destrepe por un resbaladizo meandro que enseguida se estrecha continuando así con un par de descensos cortos con trozos de cuerda instalados en fijo de por medio. Aquí se nota el frío y el sonido de la corriente de aire, por algo se llama la Gatera de la Borrasca.
Tras retorcernos por el meandrillo, terminamos al borde de un boquete que se precipita sobre el gran espacio de la sala Olivier Guillaume, como si tras atravesar la tierra por estrechos laberintos hubiéramos llegado a un gran hueco en el cascarón, una antípoda oscura. Ahora estamos en Cañuela.

La sala está constituída por unos cuantos montículos de bloques desprendidos cuyas cimas se pierden en la oscuridad bajo la gran cúpula desnuda que unifica este espacio. El lugar desde el que hemos descendido no es más que un agujerito en dicha cúpula, desde el que se descuelga nuestra cuerda.

Desde el punto de aterrizaje, en la ladera de uno de esos montículos, descendemos en dirección a unas marcas reflectantes hasta alcanzar la embocadura de un túnel. Se suceden los destrepes entre los bloques, y al poco, en los altos techos, aparecen las primeras colonias puntuales de estalactitas. Están secas y costrosas, pero son enormes.
Bea nos ameniza el camino con su repertorio de cantos espeleológicos, con temazos como "Somos los mocos", "Somos los pipas" o "Si yo fuera murciélago".

Esta galería, la del 10 de Agosto, va ganando en formaciones, hasta que el espectáculo se vuelve impresionante. Las estalactitas son gigantescas, esbeltas e ingrávidas, caen de los techos como puntas, dispuestas a ensartarte al menor temblor del tierra. Como una multitud descuelgan sucesivamente más filas detrás de otras filas, hasta convertirse en siluetas de fondo.
El tamaño de las formaciones, su languidez esbelta, y su color apagado, dan una sensación de vejez, de cueva vieja. De lejos son como ancianos pellejos caídos y recubiertos de telarañas.

Si el espectáculo ya es impresionante en los primeros tramos, lo es más aún cuando más adelante las estalactitas se van perfilando en delgadas hojas de extrañas espadas fantásticas, en hojas de sierra que cortan el aire en la dirección del túnel.
El suelo sube y baja, formando a veces cómodas playitas de arena bajo esos techos fabulosos. En ciertos momentos hay que trepar o destrepar buscando los agarres precisos en la resbaladiza roca.

Tras destrepar a un gran hoyo (Sala de la Encrucijada Alta) y luego salir de él trepando por el otro lado, alcanzamos la "sala de la apisonadora" (Boulevard). Y es que parece que ha pasado por ahí una máquina cortando a cuchillo todas las rocas y aplanando el suelo para construir una autopista encima.
El Bulevar realiza un fuerte giro a la izquierda para llegar al "campo de fútbol", una gran sala con abundantes charcos y larguísimas coladas -holladas por unas firmas grabadas en ellas-. Desde ahí, giramos a la derecha y pasamos bajo "la portería del campo de fútbol", un arco de gran anchura, y por unos instantes sentimos el fresco de una viva corriente de aire.

Más adelante la galería se precipita sobre el vacío, en el Pozo del Arca. Debemos instalar una cuerda para desceder unos 20 metros, y ya estamos a nada de la salida. Sólo nos queda avanzar por el gran túnel hacia la derecha, atravesar el pasamanos y... maravillarnos con la aparición de la enorme boca por la que se cuela la cálida luz del atardecer luchando contra el gélido aliento de las profundidades, pintando de azul aguamarina las paredes de la roca. Es como un fantasma en la oscuridad, que conforme nos acercamos se transforma en un resplandor de luz en el que más adelante van emergiendo las sombras de los árboles perimetrales, y por fín el valle y las montañas, una vez en el exterior.

Descendemos por una estrecha senda, con la boca de la cueva a nuestras espaldas exalando una nube de humedad que desde cierta distancia se materializa como un emborronamiento blanco. En cierto punto giramos hacia la izquierda, saliéndonos del barranco dominado por la cueva y... se nos acabó el aire acondicionado. Al haber salido del cauce del chorro de aire frío que cae desde la boca volvemos a la realidad de una calurosa tarde de Junio.

Tardamos 8 horas y cuarto de boca a boca.

Nueva pista en construcción
instalando la cabecera del primer pozo de Tonio
Descendiendo el primer pozo
Arañacas al fondo del primer pozo
descendiendo el P48, aproximándose al pasamanos
La gatera vertical vista desde el aterrizaje
Dos pies y una saca
descendiendo el P22, el penúltimo descenso antes de pisar Cañuela
al final del meandro de la Borrasca se abre la cabecera del P20 volado sobre la Sala Olivier Guillaume
estalactitas afiladas como hojas de espadas
bosque muerto invertido
¿plumas?
texturas cerca del "campo de fútbol"
sorteando algunos bloques
la salida se dibuja como un holograma fantasmal en medio de la oscuridad
Un, dos, tres y cuatro, hemos salido todos.